viernes, 6 de septiembre de 2013

Boceto en tinta negra.

Sospecho que las noches ya no serán como antes. Su fantasma me visita siempre a la misma hora; y si bien lo hace para agradecerme, no se traga mi culpa, no me da tregua. Ya no soporto el mismo ritual cada vez, él llega, se sienta en la punta de la mesa, me observa, suspira, y casi llorando me ruega que lo ayude a irse, después recuerda que todo fue hecho como su voluntad lo ha indicado, entonces me agradece y se marcha. He pensando en mis horas insomnes en escribir mi testamento: "Dejo como herencia a la mujer del parque toda mi culpa". Es momento de que alguien más ofrende su sangre, no puede existir la posibilidad de que mi único acto de altruismo esté signado por la crueldad, digo que para purgar mi culpa deberán existir otros traidores. No puedo ser la única en franquear el límite entre el deseo y la locura, quiero decir que mi arrepentimiento se mide sobre los actos de los otros. ¿Hubiese sido alguien, como yo, capaz de ayudar a un hombre a lograr la muerte propia con la única excusa de elegir por vez primera y para siempre la libertad? Ahora es mi turno, a diferencia de que mi búsqueda es liberarme de lo que he hecho.