miércoles, 18 de enero de 2023

Puta

 Quiero remontarme en el tiempo, 

hasta mi fecundidad, 

si es que la tuve. 

Allá por mis catorce años, 

cuando las turbulencias empezaron 

a arremolinarse. 

Cuando las tres de la mañana empezaron 

a ser una hora de referencia, 

no porque las campanadas soltaran 

espíritus malignos y chocarreros, sino porque la tendencia 

poética 

empezaba a asomar. 


Y sí resultó algo parecido. 

A las cuatro de la mañana batía 

café y convocaba 

a mis fantasmas. 


Ellos 

se sentaban a mi mesa, 

no conformes. 


Un fantasma nunca 

se conforma con uno 

ni uno con ellos, 

sino peor, 

se confirman 

y te constituyen. 


Igual las sombras, que se dilatan 

con el crecer del tiempo 

-que no existe ni evoluciona ni crece- 

yo quiero remontarme a eso que se parece 

a mi fecundidad perdida. 

Cuando la poesía sobrevenía detrás 

de las horas de una existencia igual 

de patética que ahora pero con mucha 

más reverberancia. 


Y me resulta agobiante la falta.  

Por cada vez que amé pude decir una verdad, y poco menos. 

Ahora todo lo que sé ya no está, 

tengo todo lo que me falta.


No pude por entonces entender 

qué significaba Yorke por 

la distancia de Vestidos, 

dieciséis años y apenas una complexión 

por el vacío y su representación poética. 

Años después, Simón con un delantal en común y sólo el silencio me hicieron dimensionar qué tamaño tiene la soledad, lo que es lo mismo a la incapacidad de entenderse con nadie. 


Siempre supe que apenas 

mis fantasmas podían interpelarme. 

Si alguna vez escribí, no fue por mí, 

fue para ellos. Para ensayar demostraciones 

ni siquiera de miedo ausente, 

sino de batalla consagrada. 

Salí derrotada, 

es cierto. 

He abandonado la poesía porque 

me abandoné a mí misma y a una suerte 

que conozco puta pero no estéril. 

Trigal en una plaza

 ¿Será el último sorbo

de agua dulce?


Busco el fulgor de una estrella 

que me ponga en sobreaviso,

¿habrá final?


Volteo sobre mis propios pasos,

no estoy lista aún 

para una nueva derrota.


Mis ojos contienen

la historia de los nudos.

Ni los añosos árboles 

pueden acumular 

en sus raíces 

toda esta agua vertida

para nada.


Persigo los rastros de mi Otra,

sólo calla.

Entre el espejo y la pared,

un eco de gritos ensordecedor.


Caigo otra vez rendida sobre el mosaico roto,

el peso muerto de su cuerpo cae sobre mí. 

Los dos lloramos, 

sólo yo entro en el abismo. 


Me siento de espaldas en la ventana,

la adrenalina es la copa de un árbol 

que se mece con el viento

catorce pisos abajo.


Antes de caer, 

su tierna mirada me cobija

y sus brazos me devuelven a la cama.


No hay lugar en el mundo

para una fugitiva.


Esta noche, otra vez, estaré lejos.