martes, 19 de febrero de 2013

Verso desesperado. Mientras tanto.


I

Si la verdad volviera a tener 16 años,
¿los colores serían los de entonces?
La libertad el sol saliendo
mientras las huellas tejen el camino de regreso?

¿El amor sería tan puro y mío,
todo y para alguien que me quisiera también?
¿La tinta brotaría de las agujas del reloj
que es eterno pero es justo?

¿La risa sería la alegría verdadera?
¿Los sueños serían sueños que merecen ser soñados
y ser llorados, y ser amados,
pero aún así dolerían?

¿El futuro sería todavía
la inagotable espera del mientras tanto?
¿Yo sería la misma que aquella
que pensó que la verdad tenía 16 años?

No sé si en la noche de los tiempos
o en un rincón más simple
como el abismo de un cenicero
podré alguna vez encontrar la respuesta.

En el verso sin nombre
o en el sabor a fracaso,
la botella vacía
me mira de reojo y me sentencia.

Tal vez me atrevo a decir,
que después de que el tiempo pasó,
los sueños se convirtieron
en recuerdos de renuncias
o en resignaciones guardadas a plazo fijo en el banco del insomnio
y que la puerta sigue abierta
pero esta vez para nadie.

El almanaque ya no denuncia la espera,
reclama mi llegada tarde.
Ahora quisiera ser otra,
o la misma pero aquella.

II

Al diablo el miedo.
Esta noche
me vestiré sonriendo.

Voy a salir a encontrarte
en algún lado
y beberemos hasta extasiarnos. 

Voy a eludir responsabilidades
aunque después habrá reclamos
en estos mismos rincones
pero hoy no voy a escucharlos.

Y mañana tal vez,
sea la autómata de siempre.
Pero eso,
eso,
corre a cuenta del mañana.

jueves, 14 de febrero de 2013

Menos tarde. (Tan temprano no habrá de llegar nunca)


Triste es eso
de tener que salir a refregarse
los ojos contra las puertas
y nunca
las manos contra la piel.

La sombra de un hombre
desciende sobre mí
y se refleja
en mi costado, 
luminoso.

Vos estás del otro lado,
ocho pisos arriba del asfalto
o en un bar
o en cualquier parte,
o quizás a milímetros que rozan en el pasto.

Por la barranca caigo yo.
Después te nombro
o escribo versos
que no leerás.

Mi máquina
corazón, que es roja
como la sangre,
aunque mi alma anhela
amar en sepia,
palpita teclas,
tinta sino pulsión de muerte.

El whisky se vuelca
en las orillas de tus ojos 
que serán eternos
y claros
como el sol atardecido.

O seré yo
que otra
o quién pudiera.

Antes, el delito
de soñar con mi destierro
y que el exilio
no habrá de ser amargo
si te encuentro
entre las horas
y el suspiro.

Antes, el milagro
de que un día tu puerta se abra
para mi.

Antes, el sacrílego deseo.
Ahora, la piel muda
o el espanto en la sonrisa
o la viuda con su espejo
o la mosca en el abismo
o el zapato en el invento
de ser parte de tu patria
que es exceso.