miércoles, 12 de septiembre de 2018
02:49
Te escribo un mensaje con una canción de Bowie. Creo que es una buena metáfora de mi vida últimamente vivir en una esquina. Lo que quiero que quiera venir está un poco en la palma de mi mano. Sin embargo a veces esto también es enajenamiento. La soledad de la casa me deja escuchar ruidos minúsculos, el infinito tiene que ser algo parecido. La posibilidad sola y multiplicada en cada maniobra. La oportunidad a lo mejor esta vez de que las cosas sean un poquito más nítidas.
lunes, 16 de julio de 2018
Refugio
Entre la ambición de respuestas, por esta sublevada y ya hiriente catarata de preguntas que se multiplican, voy buscando señales diminutísimas que me orienten a un norte propio. Por momentos sondeo unos límites abrumadores de racionalización del deseo y entonces continúo a paso lento pero diametralmente opuesto a ese parnaso divino, creyendo engañosamente que en algún punto del camino vislumbraré la curva que conduzca cual atajo a donde verdaderamente anhelaba ir. No hay peordesengaño que sabernos nuestros propios verdugos, si acaso cabo mi propia fosa cada mañana y allí me tumbo a llorar por las noches desconsoladamente. Es un trabajo agotador pero al menos es un trabajo. Repito con el eco que dejó la voz de un amigo que ahora está exactamente del otro lado del mapa, "no hay refugio, mi pana". Él y yo sabemos bien que no hay aquí o allá y que las armas las cargamos nosotros mismos para apuntarnos minutos después. Entre la cobardía y la osadía de las búsquedas tiene que haber algo más. Él y yo sabemos bien que no hay nada en ninguna parte. Será por eso que escribimos o intentamos, o que otras veces nos inventamos ficciones para sentirnos mejores porque no hay refugio siquiera en nuestras catarsis. Y entonces pasó que me interpelaron algunos buenos confidentes: "por qué no estás escribiendo?" Hace algún tiempo que creo que no tengo nada verdaderamente interesante ni verdaderamente nuevo que decir. Para qué romper el inmaculado silencio o lo absorto de la hoja en blanco? Prefiero ceder ante la conmoción de las posibilidades aunque no me pertenezcan con dignidad jamás. Y de pronto, otra vez, entre la aciaga rutina aparece una diminutísima señal. Yo creía además que cuando escribía, lo hacía para no morirme o para no olvidarme. Foucault me reveló otra respuesta más oportuna hoy: "Más de uno, como yo sin duda, escriben para perder el rostro."
martes, 10 de julio de 2018
Niña Poi
Niña etérea,
ahora te irás,
en breve te irás,
apenas si el prisma
deja ver que faltan días
y ya me duele
tu ausencia próxima.
Acaso si algo
ya se arruga y se solapa
en medio del pecho.
Un remolinovendaval
porque no quiero
pero te debes
a tu fulgurante y minuciosa
libertad,
a tus juegos coqueterías
de niñacrece.
Y no sé qué haré
a propósito,
si tal vez sea mejor
asistir a mis propias abyecciones
para ser irreverente
ante cada una de ellas
y convertirlas
en algo mejor que esto,
que esta bandada
de pájaros inconstantes
que no saben nunca
bien a dónde migrar.
Entonces habré
de hacerme grande contigo,
acompañar el crecimiento
como las plantas
que buscan juntas
brotar hacia la luz
pero estarás lejos
y yo no sabré
-nunca lo supe-
a qué
costado
inclinarme.
ahora te irás,
en breve te irás,
apenas si el prisma
deja ver que faltan días
y ya me duele
tu ausencia próxima.
Acaso si algo
ya se arruga y se solapa
en medio del pecho.
Un remolinovendaval
porque no quiero
pero te debes
a tu fulgurante y minuciosa
libertad,
a tus juegos coqueterías
de niñacrece.
Y no sé qué haré
a propósito,
si tal vez sea mejor
asistir a mis propias abyecciones
para ser irreverente
ante cada una de ellas
y convertirlas
en algo mejor que esto,
que esta bandada
de pájaros inconstantes
que no saben nunca
bien a dónde migrar.
Entonces habré
de hacerme grande contigo,
acompañar el crecimiento
como las plantas
que buscan juntas
brotar hacia la luz
pero estarás lejos
y yo no sabré
-nunca lo supe-
a qué
costado
inclinarme.
martes, 12 de junio de 2018
Vitalia
A veces creo
que de niña
ya quería
ser poeta,
es que entonces
escribía versos tristes.
Fue un día,
fracasado día;
descubrí que mi oficio era el del llanto,
no el de la poesía.
Fue otro día
el día,
descubrí
que de niña fui poeta.
Ya no pude conmoverme.
(2013)
que de niña
ya quería
ser poeta,
es que entonces
escribía versos tristes.
Fue un día,
fracasado día;
descubrí que mi oficio era el del llanto,
no el de la poesía.
Fue otro día
el día,
descubrí
que de niña fui poeta.
Ya no pude conmoverme.
(2013)
lunes, 30 de abril de 2018
Camalote
Cuando acontece el milagro de haber
creído
encontrar
el juego gramatical que signifique nada
apenas si soy digna de su memoria
su naturaleza se me escurre
como si no fuera que
la noche está nublada
y atrás la luna llena
me escucha aullar como loba
porque de pronto
no se explica
que el decantar de los días anuncia
que tu semilla no fue germinada
por eso es que vuelvo al campo
porque no hay leña del árbol caído
y que otra vez
los lugares comunes del llanto.
creído
encontrar
el juego gramatical que signifique nada
apenas si soy digna de su memoria
su naturaleza se me escurre
como si no fuera que
la noche está nublada
y atrás la luna llena
me escucha aullar como loba
porque de pronto
no se explica
que el decantar de los días anuncia
que tu semilla no fue germinada
por eso es que vuelvo al campo
porque no hay leña del árbol caído
y que otra vez
los lugares comunes del llanto.
jueves, 26 de abril de 2018
Estribar los perdidos
Me voy a ver siempre condenada a la repetición.
Desde esta esquina siempre veo la columna de la luz justo en el medio de la puerta de la ochava transversalmente opuesta.
Podría irme y dejar la ventana de la cocina abierta, pensaba decirlo de otra manera pero el objeto era el mismo, irse y dejar la ventana abierta.
No sé a qué, a la noche, a cualquier cosa que quiera colarse por ella, ojalá nunca que a un extraño genuino, pero la ventana abierta.
Pensaba en que los dos minutos se te pasaron, Apócope. Fumé el cigarro y no llegaste. Andar la ciudad en bici. Perder los estribos siempre por lo mismo. La compulsión a la repetición y la prosa mal heredada. Pensaba en decir otra cosa, pero me la olvidé.
Tengo la compulsión de la mente en blanco. Pensaba en obsesiones y no en compulsiones.
Me olvidé la buena excusa.
Bajaste la persiana. Será que sólo escribiendo me di cuenta que estabas abajo.
También sabía que la torpeza humedad no dejaría cerrar la cortina y quizás tumbaría el vaso. El vaso no cayó.
Otra vez las líneas idiotas, las líneas estériles. Otra vez buscar sobrevivir.
Desde esta esquina siempre veo la columna de la luz justo en el medio de la puerta de la ochava transversalmente opuesta.
Podría irme y dejar la ventana de la cocina abierta, pensaba decirlo de otra manera pero el objeto era el mismo, irse y dejar la ventana abierta.
No sé a qué, a la noche, a cualquier cosa que quiera colarse por ella, ojalá nunca que a un extraño genuino, pero la ventana abierta.
Pensaba en que los dos minutos se te pasaron, Apócope. Fumé el cigarro y no llegaste. Andar la ciudad en bici. Perder los estribos siempre por lo mismo. La compulsión a la repetición y la prosa mal heredada. Pensaba en decir otra cosa, pero me la olvidé.
Tengo la compulsión de la mente en blanco. Pensaba en obsesiones y no en compulsiones.
Me olvidé la buena excusa.
Bajaste la persiana. Será que sólo escribiendo me di cuenta que estabas abajo.
También sabía que la torpeza humedad no dejaría cerrar la cortina y quizás tumbaría el vaso. El vaso no cayó.
Otra vez las líneas idiotas, las líneas estériles. Otra vez buscar sobrevivir.
martes, 27 de febrero de 2018
La noche eterna
Ni con todo
el dolor remolino,
el pecho desgarrado
por la que sea tal vez
certidumbre única,
ni con todo ello
me basta
para encontrar el verso fértil
que llegue hasta vos
y te remueva
hasta el torrente último de sangre,
esa que reverbera
sólo por las certidumbres
-porque sabemos que son pocas-.
Certidumbre que recibas
con la misma ternura y osadía
con la que te entregás al río,
y que en su vibrato de intuiciones
te llame como te llamo
para que vuelvas a mis brazos
que te esperan
constantes
cada noche.
Una tras otra
siento el irrefrenable caudal de ausencia
y me desgajo
como un fruto maduro
que no se quiere desprender
de su tallo vital.
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