No dejé un rincón por revolver.
En cada uno de ellos invoqué tu nombre
o nombré a la ausencia,
no lo sé.
Todavía recuerdo la forma en que habías
arrancado ese papel,
desesperadamente,
casi como el amor
o bastante parecido.
No dejé un rincón por revolver
y en la insolencia del recuerdo
escucho tus canciones.
Ningún libro habla de vos esta noche
aunque los dos sabemos
que un tercio de eso fue suficiente antes
para encontrar el verbo justo
en una noche de lágrimas y whisky.
No dejé un rincón por revolver,
ves lo que digo?
La casa está revuelta por el tedio.
Es casi insoportable asistir
a las burlonas almohadas
que todavía conservan
el perfume de tu pelo.
Y los rincones se pueblan del eco
de aquellos silencios en los que
sin hablar
supimos
decirnos todo
y
tanto
más.
domingo, 10 de noviembre de 2013
miércoles, 16 de octubre de 2013
Cadáver exquisito de una noche de primavera de octubre 15 de un año cualquiera
Una vez, otra vez y otra vez. Un futuro presuroso está tentándote.
Necesitamos el uno del otro, no hay dudas...
Casi puedo presentir que tu mirada me asecha, cuando de todos los demonios escogemos tu angustia. Te amo como me cuesta respirar, no negocio el precio de encontrarte, pero escondete por favor de mi mundo.
Siempre. Sí. Siempre. Antes que sea tarde por favor...
Y se pudre mientras tanto la inocencia o es la crudeza que tiende sus hijos a la estaca absurdamente pariendo el mundo.
O con estos ojos agudos acaso pretendo seducir con la mancha impoluta de la miseria a las crueles polleras de la muerte.
(Raskolnikov, G. y Jacinta)
Necesitamos el uno del otro, no hay dudas...
Casi puedo presentir que tu mirada me asecha, cuando de todos los demonios escogemos tu angustia. Te amo como me cuesta respirar, no negocio el precio de encontrarte, pero escondete por favor de mi mundo.
Siempre. Sí. Siempre. Antes que sea tarde por favor...
Y se pudre mientras tanto la inocencia o es la crudeza que tiende sus hijos a la estaca absurdamente pariendo el mundo.
O con estos ojos agudos acaso pretendo seducir con la mancha impoluta de la miseria a las crueles polleras de la muerte.
(Raskolnikov, G. y Jacinta)
viernes, 6 de septiembre de 2013
Boceto en tinta negra.
Sospecho que las noches ya no serán como antes. Su fantasma me visita siempre a la misma hora; y si bien lo hace para agradecerme, no se traga mi culpa, no me da tregua. Ya no soporto el mismo ritual cada vez, él llega, se sienta en la punta de la mesa, me observa, suspira, y casi llorando me ruega que lo ayude a irse, después recuerda que todo fue hecho como su voluntad lo ha indicado, entonces me agradece y se marcha. He pensando en mis horas insomnes en escribir mi testamento: "Dejo como herencia a la mujer del parque toda mi culpa". Es momento de que alguien más ofrende su sangre, no puede existir la posibilidad de que mi único acto de altruismo esté signado por la crueldad, digo que para purgar mi culpa deberán existir otros traidores. No puedo ser la única en franquear el límite entre el deseo y la locura, quiero decir que mi arrepentimiento se mide sobre los actos de los otros. ¿Hubiese sido alguien, como yo, capaz de ayudar a un hombre a lograr la muerte propia con la única excusa de elegir por vez primera y para siempre la libertad? Ahora es mi turno, a diferencia de que mi búsqueda es liberarme de lo que he hecho.
lunes, 29 de julio de 2013
Además, amanecer.
Todos prefieren el sur al principio,
el estúpido exilio de los desvelados.
El sol por el poniente
cae sobre los puentes absurdos de la Pampa
y todos celebran la solemnidad de aquel paisaje.
La estela de un avión
abre un surco irrazonable sobre el cielo
que me recuerda a las fauces abiertas de las fieras,
sin embargo todos prefieren el sentido y su hostil
ambivalencia.
¿Qué será entonces de mí cuando me encuentre la noche?
Mi cuerpo frío sobre el lecho temerá las sombras que se
aproximan del oeste,
de las crudas tinieblas desde donde se avecinan todas mis frustraciones.
Y además, amanecer,
como si se tratara de un festejo inútil de los días.
Y además, nombrar,
como si se tratara de amarrar el mundo en un sonido.
Y además, volver,
como si fuera posible,
como si el tiempo no hubiese hecho sus estragos.
Y por fin llorar,
como el insoslayable destino de los que no regresan.
lunes, 1 de julio de 2013
No puedo nombrarte y digo.
Quiero buscarte,
quiero encontrarte y leerte
la piel,
los besos,
las pestañas,
los silencios,
los pies,
el cabello,
las sonrisas de las mañanas.
Y después quiero nombrarte,
entonces no puedo
y digo
noche, gato azul, alameda o río,
patiecito o pececito o tal vez lucecita solar.
Perro, folklore, viento,
halo lunar que me acuna,
palomas en una plaza cualquiera,
ya no podré no nombrar todo y nombrarte.
Y así paso mis días,
y es éste mi oficio (el de sólo buscarte)
y no encontrarte nunca
en los parques, los libros,
en alguna noche ajena,
en los vasos de vino o en las manos del otoño,
en la cara del frío o el sudor de los días,
en la sutileza idiota de los cobardes,
en las valijas que partan hasta vos y para siempre.
domingo, 30 de junio de 2013
Desbarrancamiento de un tercer verso.
(A un discípulo anónimo y sangrante.)
Me obnubila tu tersura de tintas,
la ausencia de arrugas del manantial furioso de tu cauce,
la límpida espesura del papel de tus constelaciones.
Tu corrupción sin mancha,
tu andar descalzo,
tu cara lavada por la mañana.
Porque eres etéreo, sin nombre
y te deshaces fácilmente.
Porque te animas y te cambias el rostro,
y te escribes el rumbo
o te cortas las manos.
Por tu indescifrable llanura,
por la desolación de tus valles desiertos,
te vuelves cielo y después agua,
te vuelves nube y te respiro.
Qué sosiego sucio e infinito,
qué culpable frío y silencio,
qué crueldad la de tu ausencia,
qué esperpento en tu relato
que en otro tiempo fue un mar interior.
Y así te trazas, te dibujas
en tu sinfín de variadas intensidades
y tu remanso se vuelve poco profundo
y te invades de viento, y me desesperas
y te invoco pero no encuentro.
Qué desahuciada recorrí las calles,
con qué acedia te inventé otros nombres
y luego me acometió el llanto.
Cada vez que te vas
siento la ausencia de la patria,
el vacío de lo propio
de algo que nunca será mío.
Pero te manifiestas en oleadas
y regresas reverdecido
con tus flores y tu fauna,
y te inventas de nuevo
y te naces alfaguara.
Con qué acidez me embisten tus miradas,
qué embriagadores los besos en el cuello,
las manos por la espalda,
qué sutil murmullo tu paisaje,
el remanso de tu regreso.
Pero te maldigo,
porque te vuelves
y te escondes en el viento
suponiendo el olvido
y me soplas el infierno,
y me creas la grieta
y me otorgas el frío,
y me traes la crudeza
y yo te quiero conmigo.
Me obnubila tu tersura de tintas,
la ausencia de arrugas del manantial furioso de tu cauce,
la límpida espesura del papel de tus constelaciones.
Tu corrupción sin mancha,
tu andar descalzo,
tu cara lavada por la mañana.
Porque eres etéreo, sin nombre
y te deshaces fácilmente.
Porque te animas y te cambias el rostro,
y te escribes el rumbo
o te cortas las manos.
Por tu indescifrable llanura,
por la desolación de tus valles desiertos,
te vuelves cielo y después agua,
te vuelves nube y te respiro.
Qué sosiego sucio e infinito,
qué culpable frío y silencio,
qué crueldad la de tu ausencia,
qué esperpento en tu relato
que en otro tiempo fue un mar interior.
Y así te trazas, te dibujas
en tu sinfín de variadas intensidades
y tu remanso se vuelve poco profundo
y te invades de viento, y me desesperas
y te invoco pero no encuentro.
Qué desahuciada recorrí las calles,
con qué acedia te inventé otros nombres
y luego me acometió el llanto.
Cada vez que te vas
siento la ausencia de la patria,
el vacío de lo propio
de algo que nunca será mío.
Pero te manifiestas en oleadas
y regresas reverdecido
con tus flores y tu fauna,
y te inventas de nuevo
y te naces alfaguara.
Con qué acidez me embisten tus miradas,
qué embriagadores los besos en el cuello,
las manos por la espalda,
qué sutil murmullo tu paisaje,
el remanso de tu regreso.
Pero te maldigo,
porque te vuelves
y te escondes en el viento
suponiendo el olvido
y me soplas el infierno,
y me creas la grieta
y me otorgas el frío,
y me traes la crudeza
y yo te quiero conmigo.
martes, 11 de junio de 2013
Horizonte del oído tinto.
Aunque alguno diga
que esto suena
a declaración de guerra,
cuando leemos las líneas tímidas
de la poesía:
declaramos el amor,
la tormenta, el otoño,
las manos de una madre
o del olvido.
Declaramos el tedio
y la tortura,
la lluvia antes de entrar al cine,
las manzanas y los parques,
los niños y sus barriletes.
Los viejos con sus cuentos,
la muerte y sus amigos,
la desdicha del iluso
o el desengaño del filo.
Mas no importa,
no por eso dejamos
de destapar un vino
y atacar la deshora
y escribir el exilio.
Y leer en voz alta
nuestra declaración de guerra,
porque tal vez tenga razón
aquel que aquello dice.
Porque nos empeñamos
la sangre para usarla de tinta
y dejamos el alma
en la tapa de un libro;
y tal vez ese libro
ya perdido en los años,
por nuestro grito de guerra
un día se haya escuchado.
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