lunes, 29 de julio de 2013

Además, amanecer.

Todos prefieren el sur al principio,
el estúpido exilio de los desvelados.
El sol por el poniente
cae sobre los puentes absurdos de la Pampa
y todos celebran la solemnidad de aquel paisaje.
La estela de un avión
abre un surco irrazonable sobre el cielo
que me recuerda a las fauces abiertas de las fieras,
sin embargo todos prefieren el sentido y su hostil ambivalencia.

¿Qué será entonces de mí cuando me encuentre la noche?

Mi cuerpo frío sobre el lecho temerá las sombras que se aproximan del oeste,
de las crudas tinieblas desde donde se avecinan todas mis frustraciones.
Y además, amanecer,
como si se tratara de un festejo inútil de los días.
Y además, nombrar,
como si se tratara de amarrar el mundo en un sonido.
Y además, volver,
como si fuera posible,
como si el tiempo no hubiese hecho sus estragos.
Y por fin llorar,

como el insoslayable destino de los que no regresan.

lunes, 1 de julio de 2013

No puedo nombrarte y digo.

Quiero buscarte,
quiero encontrarte y leerte
la piel,
los besos,
las pestañas,
los silencios,
los pies,
el cabello,
las sonrisas de las mañanas.
Y después quiero nombrarte,
entonces no puedo
y digo
noche, gato azul, alameda o río,
patiecito o pececito o tal vez lucecita solar.
Perro, folklore, viento,
halo lunar que me acuna,
palomas en una plaza cualquiera,
ya no podré no nombrar todo y nombrarte.
Y así paso mis días,
y es éste mi oficio (el de sólo buscarte)
y no encontrarte nunca
en los parques, los libros,
en alguna noche ajena,
en los vasos de vino o en las manos del otoño,
en la cara del frío o el sudor de los días,
en la sutileza idiota de los cobardes,

en las valijas que partan hasta vos y para siempre.

domingo, 30 de junio de 2013

Desbarrancamiento de un tercer verso.

(A un discípulo anónimo y sangrante.)

Me obnubila tu tersura de tintas,
la ausencia de arrugas del manantial furioso de tu cauce,
la límpida espesura del papel de tus constelaciones.

Tu corrupción sin mancha,
tu andar descalzo,
tu cara lavada por la mañana.

Porque eres etéreo, sin nombre
y te deshaces fácilmente.
Porque te animas y te cambias el rostro,
y te escribes el rumbo
o te cortas las manos.

Por tu indescifrable llanura,
por la desolación de tus valles desiertos,
te vuelves cielo y después agua,
te vuelves nube y te respiro.

Qué sosiego sucio e infinito,
qué culpable frío y silencio,
qué crueldad la de tu ausencia,
qué esperpento en tu relato
que en otro tiempo fue un mar interior.

Y así te trazas, te dibujas
en tu sinfín de variadas intensidades
y tu remanso se vuelve poco profundo
y te invades de viento, y me desesperas
y te invoco pero no encuentro.

Qué desahuciada recorrí las calles,
con qué acedia te inventé otros nombres
y luego me acometió el llanto.

Cada vez que te vas
siento la ausencia de la patria,
el vacío de lo propio
de algo que nunca será mío.

Pero te manifiestas en oleadas
y regresas reverdecido
con tus flores y tu fauna,
y te inventas de nuevo
y te naces alfaguara.

Con qué acidez me embisten tus miradas,
qué embriagadores los besos en el cuello,
las manos por la espalda,
qué sutil murmullo tu paisaje,
el remanso de tu regreso.

Pero te maldigo,
porque te vuelves
y te escondes en el viento
suponiendo el olvido
y me soplas el infierno,
y me creas la grieta
y me otorgas el frío,
y me traes la crudeza
y yo te quiero conmigo.

martes, 11 de junio de 2013

Horizonte del oído tinto.


Aunque alguno diga
que esto suena
a declaración de guerra,
cuando leemos las líneas tímidas
de la poesía:

declaramos el amor,
la tormenta, el otoño,
las manos de una madre
o del olvido.

Declaramos el tedio
y la tortura,
la lluvia antes de entrar al cine,
las manzanas y los parques,
los niños y sus barriletes.

Los viejos con sus cuentos,
la muerte y sus amigos,
la desdicha del iluso
o el desengaño del filo.

Mas no importa,
no por eso dejamos
de destapar un vino
y atacar la deshora
y escribir el exilio.

Y leer en voz alta
nuestra declaración de guerra,
porque tal vez tenga razón
aquel que aquello dice.

Porque nos empeñamos
la sangre para usarla de tinta
y dejamos el alma
en la tapa de un libro;

y tal vez ese libro
ya perdido en los años,
por nuestro grito de guerra
un día se haya escuchado.

lunes, 20 de mayo de 2013

Eso.

Es eso, Horacio. Es el absurdo coraje con el que puedo decir que no te amo. Es la alegría del verso después del dolor.
Es el misterio impune de tus ojos hermosos como una pradera tandilense. Es eso, Horacio.
Es saber que el tiempo desapareció otra vez pero no para el amor vacío de manos sino para el color puro de las horas solas  que son tenues o tanto más reconfortantes que aquella desesperación atrás de cada una de tus partidas. Es eso.
Sí, es eso mismo Horacio. Es ese encuentro nuestro ya perdido en el almanaque de los suicidas depresivos que se unieron  una sola vez para poder encontrar sus destinos verdaderos. Es eso mismo. Te juro que es eso, Horacio. Es como amarte porque no estás. Es parecido a quererse bien. Es como el vómito de flores que me causás si te acercás dos pasos. Es eso, Horacio sin horas. Es eso, Horacio niño durmiendo. Es eso, Horacio abismo. Es eso, Horacio borrachera. Es eso, Horacio tengo miedo. Es eso, Horacio ahora mismo. Es eso, Horacio abyecto. Es eso, Horacio que te vas del país. Es eso, Horacio de panfleto. Es eso, Horacio desnudo. Es eso, Horacio descubriendo. Es eso. Es eso que yo soy.

lunes, 13 de mayo de 2013

Ausentes de turno.


Clemencia,
en las horas feroces
no te encuentro.

¿Qué haré con la tibieza de mi oficio?
¿Dónde caerán en este instante sus ojos de pájaro?

El absurdo suceder de los días
corrompen lo que queda de mi inocencia.
Quisiera besarte.
El mundo manda a sacar turno
para besar.
Hay abismo.

La torpeza del reloj
invoca tu bondad desde la ausencia,
sucumbes ante ella.
Entonces
se aflige mi aliento.

Del calor
la humedad que en todo vive,
después
el invierno florecerá con su muerte.

jueves, 9 de mayo de 2013

Inventario de la des-dicha


Me queda
un último cigarrillo
en el atado,
una sombra de nadie
en el sillón,
un reloj sin pilas
y un balcón inundado.

Me queda elegir
entre incendiar la vigilia
o mirarte
hasta que sonrías para mi
en una plaza cualquiera.

Me quedan
unos libros que robé
y que nadie leyó jamás
y canciones que llegaron
desde Londres
sin golondrinas que las bailen.

Me queda un cepillo de dientes,
y una ilusión de naranja.
Me queda también
siempre un vaso demás en la cocina
y un beso que se tarda
ocho menos cuarto.

Melancólicos en la deshora
inventariamos el vacío
que quedó después
de las horas felices.

Y si es que escribo
inventarios del aire
es porque he aprendido
a contar estrellas.

Sin más que tinta
y un lapicito
fotografío el momento
en que he sido feliz.